Os esperabais un arranque más clásico. Que empezara hablando de los musculitos que pueblan las calles del gimnasio. Eso habría fácil e impropio de un chico difícil como yo. Os detesto por cosas como esta.
En mi gimnasio hay metaleros. Amantes del metal en sus distintas acepciones y ramajes. Son fácilmente identificables porque visten de negro, llevan el pelo largo y se empeñan en convencerme de que la música clásica y el metal tienen tanto en común que basta una leve otitis infecciosa para que el oído humano sea incapaz de distinguir entre el segundo concierto de Brandenburgo de Bach y cualquier hit de Black Sabbath.
Los metaleros de mi gimnasio son todos de género masculino, y siguen por instinto a su líder nato, un mozalbete alto caracterizado por su barba rala, su brazos cuyo volumen rivaliza con el de cualquier placa tectónica y su notable parecido con Khal Drogo, tanto en físico como en habilidades de interlocución. Lo cierto es que los metaleros se muestran más amables en ausencia de su Dothraki, pero son por lo general mansos y humildes de corazón, o así los percibo yo cuando, tras la segunda repetición de la ronda de pecho-bíceps, acuso los primeros síntomas de conmoción cerebral.
No diré mucho más sobre ellos, porque aún no los he tratado tanto como para invitarlos a tomar un té con galletas danesas en mi salón. Os mantendré al tanto.
