sábado 14 de noviembre de 2009

Incidencias musicales

La primera, el jueves por la tarde. Lo previsto era asistir a lo que yo creí un encuentro-charla-coloquio con Ricardo Liniers y que resultó ser la final de un certamen de rockeros murcianos, en cuyo jurado figuraba el dibujante suprascripto. Había que pagar para entrar y esas cosas al final acaban pasando factura, así que opté por la retirada honrosa. Además, a pocos metros de la falsa conferencia, en la catedral, tenía lugar un conciertazo de órgano, y allí me dirigí, con un despecho no exento de distinción y elegancia.

Sabéis que en los conciertos de música clásica hay gente que tiende a toser y a carraspear en momentos especialmente delicados, debido a la dificultad que experimentan al contemplar cómo otros sí disfrutamos de la música. Como el órgano de la catedral tiene gran fama, y suena potente y estruendoso, los melófobos tuvieron que mandar comandos especiales. Así, durante todo el concierto tuve de compañero de banco a un anciano provisto de algún adminículo bucodental capaz de sonar como si chasqueara la lengua contra el paladar con un leve matiz de absorción nasal. Y, por si no fuera suficiente, mientras sonó el segundo Bach, el señor de detrás aprovechó para hacer una llamada de móvil y hablar durante unos minutos con un grandísimo amigo suyo a juzgar por las jocosas expresiones que profería. La victoria de la trompetería del órgano fue pírrica, pero no hubo que lamentar demasiadas bajas.

El segundo imprevisto, hoy. El plan era grabar durante toda la mañana tres cantigas completas de Alfonso X el Sabio. Grabación seria, con sus pruebas de sonido, sus micrófonos, su viola da gamba, su percusión, su flauta dulce y sus ocho voces arcangélicas. ¿Cómo puede torcerse un plan tan milimétricamente elaborado? Sencillo: ubicando espacialmente la sala de grabación cerca de un espacio con infrecuentes usos de explanada de conciertos y ubicando temporalmente la grabación el día del maratón de la música heavy en Murcia, de doce del mediodía a doce de la media noche. La regia potestad de don Alfonso nada ha podido hacer contra los berridos y barritos anexos, así que hemos recogido y nos hemos visto obligados a recoger y vagar de taberna en taberna ahogando nuestra frustración en vermú abundante.

Corren malos tiempos para la música, chicos. A no ser, claro, que prefiráis el rock a la monótona monodia de una buena cantiga. Permitidme concederos el maleficio de la duda.

martes 10 de noviembre de 2009

Atrasado en el tiempo

Hace años me regalaron un reloj superchulo. Hasta entonces no me había dado cuenta de lo que la gente puede llegar a fijarse en los relojes. Si fuerais sinceras, mujeres lectoras o lectrices, cuando os preguntaran sobre la parte del cuerpo en la que primero os fijáis del opuesto sexo, contestaríais que es el reloj, y no los ojos, las manos, el músculo periestafilino interno o todas esas fruslerías que soléis responder a tan frecuente cuestión.

Por tanto, puede decirse que, sin proponérmelo, fardo de reloj. Lo que no debería decirse, aunque os confío porque -de tontos sería no admitirlo a estas alturas- os amo con todo mi corazón y con todo mi músculo periestafilino interno, es que mi reloj atrasa. No unos segundos cada muchas horas, en plan imperceptible. Tampoco de forma paulatina. Mi reloj sorprende y, de un momento a otro, es capaz de retrasar perfectamente cinco o diez minutos sin una triste alarma que sirva de aviso.

Naturalmente, lo llevé a reparar cuando aún estaba en garantía. En la relojería me hicieron firmar papeles de todo tamaño, color y orientación sexual y, tras una semana (seis días y unos pocos minutos, en mi reloj), recibí la tristísima buena noticia de que el aparatito estaba estupendamente, y que el problema radicaba con seguridad en su exposición continuada a arcos voltaicos o campos electromagnéticos, a cuya compañía me debieron de notar proclive.

Si algún día quedamos y llego tarde, por tanto, no me culpéis a mí, sino al perverso electromagnetismo que, no cabe ya duda, involuntariamente desprendo.

viernes 6 de noviembre de 2009

Todo estupendo, tienes que ir

Mi amigo Marcos ha estado casi un mes de vacaciones en la India. Como las postales ya no están de moda pero, hasta hoy, entre amigos sigue llevándose eso de estar en contacto, ha aprovechado los pocos momentos de asueto que ha disfrutado con conexión a internet para darme puntual informe de sus avatares vía e-mail. Tras su atenta lectura puede concluirse que, mientras que las zonas turísticas son demasiado turísticas, las localizaciones recónditas se antojan antros de bacilos, estreptococos, suciedad y, básicamente, mierda. Me cuenta que no es raro encontrar gente, no ya orinando en un muro, sino defecando en mitad de la calle, por no hablar de la gastronomía local, capaz de provocar úlceras irrevocables en un estómago de adamantium.

Sin embargo, mi amigo Marcos es de esas personas que, como todas las que no son yo (casi todas, lo admito), te narran las desgracias viajeras para, acto seguido, recomendarte la experiencia, hablarte de lo bien que se lo han pasado y decirte que ha sido inolvidable. En este último extremo, he de admitir, yo también coincido con ellos: esos viajes suelen ser inolvidables. Pero, ¿de ahí a recomendar semejantes vivencias kafkianas? ¿No es más sencillo descolgarse con un sincero "mira, Ángel, ha sido un viaje horrible, que no te deseo a no ser que sientas la vocación a misionero de la caridad o a misionero humanitario de la ONU" o incluso, si se desea encubrir el desastre, mentir cual bellaco y contar sólo la parte en la que encuentras la paz interior en el Taj Majal?

No. Por lo visto, lo que se lleva es mostrarse abiertamente esquizoide o masoquista. Yo, urbanita irredento, practicante del sedentarismo precoz y mileurista resignado, guardo para mis escasos desplazamientos la sinceridad que da el apostar siempre sobre seguro y dejar cuantos menos cabos posibles a las caprichosas manos del azar. Puede sonar aburrido, pero, creedme, lo prefiero a verme en la delicada tesitura de tener que llegar al hospital más próximo, víctima de una gastroenteritis vírica, sorteando excrementos de vaca sagrada.

lunes 2 de noviembre de 2009

Liniers

¡Qué sería de mí sin Guisela, Guiselka, Grishlaine, Grishnackh o Ghirlandaio, que de todas las formas se la puede llamar! Ella fue, chicos, chicas, la que puso ante mi vista la primera tira cómica de Liniers. ¿Quién es Liniers? ¿Por qué se llama así? ¿No podría haberse llamado Don Pablos, como el Lazarillo? Todas esas respuestas, y muchas más, en este post de tres párrafos como le gustan a Ruf, mi nuevo leader, coach y manager.

Liniers es dibujante, autor de la tira cómica que todos los días aparece en La Nación, periódico argentino de orientación antikirchneroide. Su humor es lo que nos ha traído hoy aquí. Heredero confeso de Mafalda, en sus tiras se entremezcla con maestría un tono naïve no exento de acideces, pero con amabilidad, ternura y sin pasarse. Con mucha clase. Oliverio la aceituna, Lorenzo y Teresita, la vaca cinéfila, Enriqueta, Fellini y Madariaga, Z-25 el robot sensible y, sobre todo, multitud de duendes y pingüinos, son algunas de sus creaciones. Y todas merecen la pena.

El tercer párrafo sirve para decir que tiene cinco volúmenes publicados y una web que tarda nueve meses en nacer del todo, pero que merece la pena. También se puede decir aquí que lo tendremos en Murcia el jueves que viene, día 12, en la ESAD, a las 20.30h. Os dejo con dos de sus tiras cómicas, una encima de otra. No cuentan como párrafo, es un misterio. Como el que desprende el Misterioso Hombre de Negro.

sábado 31 de octubre de 2009

Informe findesemanal

Como la semana que viene se avecina repletita de estupendo y suculento trabajo, no voy a poder hablaros de mi fin de semana, así que os adelanto toda la información de primera mano y sin azúcar añadido:

-El viernes asistí a la quedada de blogueros que, inserta como era ella en la Feria del Libro, fue exitosa y acudimos de tres (según estimaciones policiales) a seiscientos millones de personas (según la organización). Hablamos de literatura, de nuestros blogs y de lo azul que estaría todo si no fuera por el resto de colores.

-El sábado por la mañana, con setenta y dos grados centígrados y dos amigos, me tomé unas copichuelas aperitivescas en zona céntrica de Murcia. Todo bien, casi no hizo falta que usara mis superpoderes.

-El sábado por la tarde, a eso de las siete, con marejadilla interior y vientos de componente norte-nordeste, me imbuí en el papel de sushiman y estuve preparando sushi, sashimi y demás delicias japonesas con arte inusitada. Cuando vengáis a Murcia os voy a cocinar una sopa de miso que os vais a chupar las meninges.

-El domingo por la mañana, sin embargo, descansé y, tras un sueño reparador, acudí a la misa más temprana y merodeé por Murcia en busca de churros, chocolate, nuevas, apasionantes y aventuras. Como no encontré más que desolación y parejas de Testigos de Jehová, volví a casa y comencé a hacer ejercicio bucodentales hasta el momento de la refacción.

-El domingo por la tarde acabé mi fin de semana cantando polifonía renacentista, que es la mejor forma de cantar polifonía: acabando el fin de semana. Grandes momentos con el Puer natus est nobis à 4 de W. Byrd. ¿Vendréis a oírme al concierto?

¡Bien!

martes 27 de octubre de 2009

Mens sana in corpore insepulto

Como sabéis, la semana pasada sufrí una lesión en el hombro izquierdo; mi primera lesión, la protolesión, que me ha obligado a guardar reposo y durante cuya convalecencia han pasado por mi mente, a cámara lenta y como consecuencia de la ingesta masiva de ibuprofenos de diversos colores, olores y texturas, los grandes logros deportivos de mi vida. Narraré uno, pero en tercera persona del singular, como mandan los tratados internacionales en vigor.

Corrían los años ochenta. Mecano triunfaba, los especiales de Martes y 13 aún eran especiales y llevar ropa ochentera no se consideraba retro. En un rincón del patio del Colegio San Buenaventura de Murcia, un joven enclenque ataviado con el riguroso uniforme gimnástico se preparaba para correr los cincuenta metros lisos con un plan perfecto para bajar de una vez su marca personal y pasar de los infames 8'16" a los gloriosos 7'59". Lo importante era que la cabeza sobrepasara la línea de meta, así que una leve inclinación del tronco hacia delante aseguraba un éxito fruto de meses de reflexión pausada y serena.

En efecto, así fue. Aún resuenan los aplausos de los testigos que pudieron contemplar la proeza del compañero que siempre pasaba inadvertido, que se colocaba tras las columnas, que no subía la cuerda ni aunque ardiera por su extremo inferior y que ocupaba siempre misteriosamente el último puesto en la fila para cualquier ejercicio que requiriera espera. Porque no era para menos. Porque no todos los días se ven angulaciones corporales tan paulatinamente decrecientes como aquella, ni aterrizajes de emergencia sin avión, ni el hundimiento moral del urdidor de una trama perfecta sometido a la tiranía del cronómetro, que, ni siquiera así, bajó de los ocho malditos segundos.

jueves 22 de octubre de 2009

Distenso

El viernes pasado hice algo mal. Es raro, porque yo los viernes no suelo hacer nada mal. Los martes y los jueves sí, cosas malas, malísimas, nefastas... pero viernes no, no es habitual. En cualquier caso, la maldad redundó en un leve dolorcillo en el hombro izquierdo apenas perceptible por el oído humano, que el sábado se acrecentó ligeramente y el domingo me impedía incluso disparar mi AK-47 contra el enemigo capitalista. El lunes no me quedó más remedio que comer salmón al eneldo y, acto seguido, conducir con una mano hasta el Hospital Virgen de la Arrixaca, sección Urgencias.

Al llegar todo fue según lo previsto: la monja con ojo de cristal tras la ventanilla imprimió un montón de pegatinas con códigos de barras y me mandó a la barra de celadores, donde me despojaron de las pegatinas y me aconsejaron la sala de espera. Destacaría la presencia allí de una gitana tamaño hobbit, aspecto enano, lenguaje orco y mente gollum que despotricaba junto con su grupo de proyecciones mentales contra el hospital y contra los médicos. Intervinieron las fuerzas y cuerpos de seguridad del hospital, que consiguieron reducirla (aún más), para acto seguido explicarnos al resto de despojillos humanos que la señora era habitual del antro y que raro era el día que no aparecía por allí para amenizar las tardes con sus chascarrillos.

Del resto, pues lo normal. Cada nueva sala que visitaba, radiología incluida, habrían hecho que el mismísimo Dante añorase el círculo más profundo del averno. Y yo sin más Virgilio que un jueguecito de iPhone de encuentre usted las siete diferencias. Dos horas después abandoné la academia con una radiografía, una distensión muscular de grado 1, un cabestrillo y previsión de convertirme en el adalid murciano del ibuprofeno.

Disculpad la falta de profusión escriturística de esta semana, pero cada vez que levanto la mano izquierda para teclear o alzar el puño a mis camaradas, observo, con sorprendente grado de detalle, el planeta Omicron Persei 8 y sus satélites anexos.

domingo 18 de octubre de 2009

Por caridad

En cierta ocasión, un pobre de solemnidad y nacionalidad rumana, a la salida de misa de una, se dirigió a mí. Yo, como suelo hacer en ejercicio de precaución cristiana, aceleré el paso y silbé. El pobre me dijo que no me pediría dinero, que frenara la huida y tuviera la bondad de comprarle algo para comer. En especie, pues, no en metálico. Lo que tenía era hambre, sin más, y eso no podía hacer daño ni mal a nadie. Poco después de acceder a su solicitud, me sugirió que invitara también a una pobre fémina que había por allí, y en concreto pidió dos cocacolas y dos bocadillos de lomo a la plancha con tomate de los Hermanos Rubio, un restorán tirando a bastante caro. Nueve euros, para ser exactos, me costó aquel día mi obra de estupidez.

Días después, el mismo pobre me reconoció, me paró por la calle y me pidió, en este orden, un calefactor para su casa, un aparato que reprodujera cedés y un televisor grande. Escarmentado, me negué rotundamente. Las bendiciones con que me obsequió por los lomos del domingo pretérito trocáronse en denuestos e improperios. Y yo hice el firme propósito de no dar más limosna a los pobres de solemnidad de las puertas de las iglesias.

Esta mañana, sin embargo, camino de la céntrica iglesia de San Miguel, un anciano con acento marroquí me ha preguntado la dirección de un hospicio murciano y por la de un famoso tanatorio. Después, educadamente, con buenas formas, me ha dicho que tenía hambre. Le he dado un euro. No llevaba mucho más, la verdad.

No sé si me estaré ablandando con los años o si era ese "nosequé de encíclica papal" que tenía en la mirada, por parafrasear a Mafalda, pero eso sí, espero no encontrármelo la semana que viene porque con esta relajación de costumbres podría llegar a considerar regalarle el iPhone, y eso sí que no.