martes 21 de febrero de 2012

Fauna de gimnasio (I): los metaleros

Os esperabais un arranque más clásico. Que empezara hablando de los musculitos que pueblan las calles del gimnasio. Eso habría fácil e impropio de un chico difícil como yo. Os detesto por cosas como esta.

En mi gimnasio hay metaleros. Amantes del metal en sus distintas acepciones y ramajes. Son fácilmente identificables porque visten de negro, llevan el pelo largo y se empeñan en convencerme de que la música clásica y el metal tienen tanto en común que basta una leve otitis infecciosa para que el oído humano sea incapaz de distinguir entre el segundo concierto de Brandenburgo de Bach y cualquier hit de Black Sabbath.

Los metaleros de mi gimnasio son todos de género masculino, y siguen por instinto a su líder nato, un mozalbete alto caracterizado por su barba rala, su brazos cuyo volumen rivaliza con el de cualquier placa tectónica y su notable parecido con Khal Drogo, tanto en físico como en habilidades de interlocución. Lo cierto es que los metaleros se muestran más amables en ausencia de su Dothraki, pero son por lo general mansos y humildes de corazón, o así los percibo yo cuando, tras la segunda repetición de la ronda de pecho-bíceps, acuso los primeros síntomas de conmoción cerebral.

No diré mucho más sobre ellos, porque aún no los he tratado tanto como para invitarlos a tomar un té con galletas danesas en mi salón. Os mantendré al tanto.


viernes 17 de febrero de 2012

Volver a empezar

Cada equis tiempo me apunto al gimnasio. Pasado otro tiempo, al que podemos llamar i griega sin temor a equivocarnos, dejo de ir. El tiempo i griega puede oscilar entre unos segundos y un año, que fue mi récord. En aquella ocasión se trataba de coger algo de volumen y llegar a una consistencia corporal tal que me permitiera ponerme un jersey y que no se me deslizara hasta los tobillos por ausencia de hombros. 

Recuerdo aquella época con la nostalgia que da evocar tiempos terribles de angustia, dolor, penuria y nalgas entumecidas. No obstante, hice progresos y pronto noté cambios, hasta el punto de ir por la calle y encontrarme con gente que no me reconocía, si bien es cierto que esto último me ocurría exclusivamente con gente a la que jamás me habían presentado.

Hace tres semanas decidí retomar la tarea de modelado de mi apolíneo físico, y me matriculé en un gimnasio cercano. De él, de su fauna y de su flora os hablaré en sucesivas entradas. Por lo pronto ya os digo que, en caso de que me invitéis a comer, tened siempre preparado un buen puñado de avena y un tarro de sustancia viscosa proteica. Así me las gasto ahora.

jueves 2 de febrero de 2012

¡No soy yo!

En los últimos dos meses habéis asegurado verme en una avenida de Nueva York, en el Museo Reina Sofía de Madrid, en varios pubs de diversa índole y en en las minas de sal de Wieliczka (Polonia). Incluso mi cuñada, que es familia política y sangre de su propia sangre, hubiera jurado ayer mismo que me vio por la noche, si bien con menos barba que de costumbre, paseando por una céntrica calle murciana.

Desconozco qué intenciones albergará la persona, sociedad o corporación local que hay detrás de todo esto, pero tenéis que creerme: no soy yo. Mi vida transcurre a velocidad de crucero, apacible y sosegada, entre mis libros, mis redes sociales y mis minas de sal distintas de las de Wieliczka. Y la longitud de mi barba es la de siempre: entre dos y cuatro milímetros, siempre dentro de las medida establecidas por los reglamentos comunitarios.

Si admitís un consejo, desconfiad de las apariencias, como hago yo, si es que soy yo.

jueves 29 de diciembre de 2011

Este cuatrimestre se merece una entrada

El próximo día 23 de enero, fecha del último examen de Derecho Constitucional Tres, se cerrará un ciclo que comenzó el día 14 de septiembre, día en el que, además de cumplir yo treinta y tres añazos como otros tantos soles, empezó el curso académico dos mil once dos mil doce en la Universidad de Murcia. 

Además, este año he conseguido concentrar mis veinticuatro créditos de docencia en un solo cuatrimestre, con el siguiente erótico resultado: a costa de fallecer varias veces desde que empezó el curso, a partir de febrero -con la rúbrica de las últimas actas- tengo hasta septiembre libre de clases para estudiar, escribir, publicar y daros envidia sin demasiado motivo.

Voy a dejar los propósitos de año nuevo para entradas venideras, y a centrarme en seguir el consejo de Mecano y hacer el balance de lo bueno y malo, académicamente hablando:

-Malo: aún no tenemos Nespresso en el Departamento y el micrófono del aula tres dos hace ruidicos.

-Bueno: este curso me han caído en gracia dos grupos y medio de Derecho y un grupo del Grado en Criminología, además de clases de másteres donde se me conoce como Profesor Moon. Nunca había dado tantas clases, sin un solo día libre, con mis cuerdas vocales al límite de sus posibilidades, extenuación general y una considerable pérdida de Masa Máxima Autorizada. Y sin embargo, me permito el lujazo de ponerme cursi y de afirmar con sinceridad rotunda o rotundidad sincera que estoy muy satisfecho y que en eso han tenido mucho que ver mis alumnos, por su interés en la asignatura, por su atención en clase y por el cariño que me han demostrado hasta el último día. 

Con deciros que alguno, de vez en cuando, me proporcionaba Strepsils para el mantenimiento de mi aparato fonador...


lunes 12 de diciembre de 2011

Spielrein, Jung, Freud y otros psiquiatras de principios de siglo del montón

Esta vez no ha sido por dejadez, pereza, desidia, apatía, avaricia, lujuria ni gula, como otras veces. Esta vez he dejado de lado el blog porque, a mis habituales tareas de benefactor de la humanidad, se han sumado otras de lo más variopintas, tales como dormir diez horas al día, comer diez horas al día o viajar a Valencia a ver a esos amigos míos a los que todos deberíais conocer porque son muy buena gente y en cuanto te descuidas te invitan a un bocadillo de calamares encebollados.

Valencia es, precisamente, la ciudad de las flores, de la luz, del amor y de las salas de cine Babel, donde las películas se emiten en versión original subtitulada, como mandan los cánones. Allí acudí con mis mejores galas a ver Un método peligroso, la última propuesta de David Cronenberg. Y fui pese a que el título de la peli me sugería -y sigue sugiriendo- una comedia ligera entre cuyas escenas cumbre se ven involucrados un ventilador y la bolsa escrotal de Adam Sandler.

La trama gira, sin embargo, en torno al triángulo erótico-psiquiátrico formado por Carl Jung, Sigmund Freud y Sabina Spielrein, joven psicotrópica paciente del primero y admiradora del segundo. Mientras que Viggo Mortensen es Freud y Michael Fassbender (el actor con el nombre más guay del mundo) se encarga de Jung, a Sabina da vida la mismísima Keira Knightley, que con sus 26 kilos de peso muestra una capacidad compulsiva de adelantar la mandíbula inferior que le valdrán el Oscar o el Razzie, o ambos. 

Y a estas horas aún no sé si me gustó o no. ¿Me gustó? 

sábado 12 de noviembre de 2011

Malentendido de usted

El miércoles pasado, como sabéis -porque, de una u otra forma, ya os lo he contado todo-, quise ilustrar una de mis clases de Bioderecho y Derechos Fundamentales con la proyección de una película: Moon, de Duncan Jones. Trata cuestiones bioéticas desde una óptica interesante y novedosa que dejan atrás el concepto de película-con-mensaje: básicamente, "aborto bueno", "aborto malo", "eutanasia buena", "eutanasia mala".

Había en el aula una alumna nueva. Y con ella se produjo el siguiente diálogo maravilloso:

Yo: Voy a ponerles hoy una película.
Alumna: ¿Cómo se llama?
Yo: Moon.
Alumna: ¿Cómo ha dicho?
Yo: Moon.
Alumna: ¿Qué?
Yo: Moon.
Alumna: ¿Podría deletrearlo?
Yo: Eme de Madrid, o, o, ene de Navarra. Como "luna" en inglés.

Vi que se extrañaba mucho, y que apuntaba en un folio. Ahí quedó la cosa hasta que se dirigió a mí. Entonces y sólo entonces comprendí toda su extrañeza, todo su estupor y toda su perplejidad, en ese orden. 

Me llamó Profesor Moon, que era lo que había apuntado. Porque ella, cuando preguntó "cómo se llama", no se estaba refiriendo a la película, sino a mí, de usted. No me quedó más remedio que fotografiar el folio que dará fe de esta historia, y que quedará para la posteridad o para el futuro, lo que ocurra primero.


Fdo. Profesor Moon.

domingo 6 de noviembre de 2011

Próximas paradas

La vida misma ha hecho que algunos de mis amigos salieran de Murcia, en singular y centrífuga diáspora, a poblar nuevos continentes tales como Madrid, Valencia, Barcelona o incluso Segovia. La vida misma hace estas cosas porque ella es muy así, y no le gusta que las cosas estén quietas mucho tiempo. Un día tendré una charla apacible pero rotunda con la vida misma.

En este punto, quisiera usar este espacio que me cede Google Inc., a modo de acta notarial que diera fe de mis intenciones al respecto. A partir de febrero no tengo asignada docencia. Académicamente hablando, me dedicaré a estudiar, a asistir a congresos y a escribir libros, capítulos de libro, artículos, notas al pie y frases en latín. Extraacadémicamente hablando, además de rediseñar las reglas del quidditch y de salvar a la Humanidad, hago el firme propósito de usar algunos fines de semana para visitaros.

Si de mí dependiera, iría uno por uno. Llegaría a vuestras casas, me descalzaría, llamaría a la puerta, os daría un casto beso en la frente y ejecutaría para vosotros unas graciosas cabriolas y piruetas, tal y como aconseja el Código de Eurico. Sin embargo, al estar mi peculio en un brete, me conformaré con visitar, por lo pronto, Madrid, Valencia y Jaén, donde se concentra el mayor número de amigos, colegas o coleguis por metro cuadrado e incluso, llegado el caso, cúbico. 

Para asegurarme de que me seguís reconociendo pese a los estragos de la edad y a haberme inyectado bótox en los muslos, llevaré un clavel en la solapa. O dos, si hace frío. 

Sea.

martes 1 de noviembre de 2011

El perfume

Mi nariz mide ocho kilómetros de longitud norte y cuatro de latitud oeste. Es una nariz regia, que nada tiene que envidiar a la de Góngora ni a la de ningún otro portento de nuestras letras castellanas. Me ha costado muchos años de incesante trabajo conseguir tales épicas dimensiones para mi apéndice nasal, que muestro ahora orgulloso en ferias ambulantes, exposiciones de arte y convenciones de Ginebra.

Gracias a ella, soy capaz de captar olores que vosotros no creeríais. Es otro de mis superpoderes, que sumado al del sigilo y a una capacidad portentosa para los cálculos matemáticos, hacen un total de siete. He llegado a pasar horas de mi vida en perfumerías ordinarias de las de toda la vida, en busca de la fragancia más adecuada para cada momento, para mi estado de ánimo, para la estación del año, para las necesidades de mi país.

Ayer descubrí que no demasiado lejos de mi casa existe una perfumería no ordinaria. Olí perfumes, aguas de colonia y velas aromáticas, y vi que todo aquello estaba bien, salvo quizá un frasquito cuyo contenido me evocaba con demasiada intensidad los flashes de lima limón que engullía con avidez hace ahora veinticinco años. La convertiría en mi Fortaleza de la Soledad, pero abre a partir de las cinco por las tardes y entended que me viene regular. 

A todo esto, no os sobrarán cien euros, ¿verdad?