viernes, 16 de marzo de 2012

Fauna de gimnasio (y III): las Mayorías Étnicas

Acabo con esta entrada mi trilogía acerca de los habitantes que pueblan el gimnasio donde bruño mis músculos con fruición. Esta semana, empero, confieso que he descuidado los deberes físicos, mas no tanto debido a la desidia que me inmisericordemente me atribuís, como a unas décimas (o espinelas) que me acompañan desde el pasado sábado y que parecen ser debidas a un grupito de pizpiretas bacterias que hacen largos en las placas de pus que han instalado en mi aparato fonador.

Pero centrémonos. Mi gimnasio, lejos de la univocidad que caracteriza a los vuestros, es de un plurívoco que espanta, y en él no sólo se dan la mano con insólita soltura las transpiraciones cutáneas, sino que igualmente conviven en armónica armonía los miembros de etnias de un montón de colores distintos. 

Así, nos encontramos con señores de raza negra, caracterizados por su piel negra, sus dientes blancos y su asombrosa capacidad para comunicarse entre ellos usando sólo la letra u; con señoras de raza iberoamericana, caracterizadas por su amabilidad y por su intención tan obsesiva como frustrada de perder masa máxima autorizada; y con señores de raza mora, uno de los cuales muestra su tal vez comprensible preocupación por mi vida íntima, y me ofrece valiosos consejos que nunca sabré ni probablemente querré aprovechar.

Y ahora dejamos de hablar de gimnasios, si os parece, y nos ponemos con las cosas que realmente importan.


1 comentario:

Alvaro dijo...

La diversidad y exotismo (si me permite el término) de su gimnasio, señor Ángel, me recuerda a lugares como Borneo, Madagascar y algunas regiones en las profundidades del sudoeste de la India, fascinante.

Creo conveniente participarle acerca de la envidia que habita mi seno por el funesto hecho de que el gimnasio al cual concurro para esculpir mis radiantes músculos, ha cerrado sus puertas. Se acabó para mí eso de: "al gimnasio voy gratis porque hace mucho que voy, aparte la dueña y el instructor son mis amigos". Deberé concurrir a otro gimnasio y abonar cuota como todo cristiano de espíritu limpio.

Sobre sus últimas palabras: ¿qué puede ser más importante que hablar de gimnasios?