viernes, 24 de septiembre de 2010

Semana cero

Tras el último día de la primera semana del presente curso académico, me encuentro en disposición de afirmar, ya sin duda, que:

-Este cuatrimestre va a ser movidito. Tengo tanto trabajo que sólo me queda tiempo para llegar tarde a los sitios. Al blog, por ejemplo. Llego tarde una semana más, pero sigo cuidando de vuestras mascotas, que ahora aúllan, y la mayoría han devorado ya los suéteres de lana que con tanto cariño les confeccionasteis para preservarlas de los peligros del espacio exterior.

-La esgrima me ha retomado con gusto. A diferencia de anteriores ediciones, este año no he soportado más agujetas que las mínimas exigidas por ley, y eso está bien. Os sigo animando a que agredáis a vuestros semejantes con armas blancas. Eso sí, siempre donde yo pueda veros, no os vayáis a caer.

-Tras un electro, un análisis de sangre y una radiografía torácica, puedo deciros que me encuentro en perfecto estado de salud. Sobre la salud del Estado prefiero no opinar.

-Después de asistir a la inauguración de dos exposiciones de arte contemporáneo, me sumo en la perplejidad y me sumo a los perplejos. Creo que necesito mi dosis mensual de mahn. Se la pagaré con creces, porque ahora mismo con dinero no puedo.

Mañana, más. O menos.

domingo, 19 de septiembre de 2010

Interiores

Es hora de haceros una confesión. Contaros algo muy íntimo. Y digo "es hora" no sólo porque siempre es alguna hora, de una u otra manera, sino porque es probable que hasta ahora, cada vez que me leyerais, os quedaseis con la sensación de que tenéis muchos datos informativos acerca de mí, pero prácticamente nada que os permita conocer un poco del alma de quien esto escribe.

Y no es justo. Porque vosotros vais desnudando vuestros intersticios en cada comentario, vais dando datos certeros acerca de vuestros gustos en materia de arte, ocio y fiestas del pueblo; vais publicando vuestros pareceres acerca de la miríada de acontecimientos y materias que nos ofrece el mundo, mientras que yo, agazapado tras una enorme pared construida en el sótano de mi individualismo con los ladrillos de mis datos impersonales, devoro vuestras palabras y voy armando identikits de cada uno de vosotros, ya sabéis: como en las pelis. Un gran mapa pinchado de fotos vuestras tomadas con teleobjetivo, en algunas solos y en otras junto a vuestros seres amados; o en actitud de comprar flores, tomar horchata o de estar robando una cartera o un peine. A veces cuelgo en mi pared artículos de periódicos donde dicen algo que os concierne y, si alguna vez quedo con vosotros en persona, os voy robando prendas que también cuelgo allí. Muchos días las uso, porque huelen a vosotros. En especial ese cartapacio lleno de facturas de Unión Fenosa pagadas desde 1989. En alguna ocasión hasta os he sustraído esa mascota que tanto amáis y ahí la tengo, ladrando rabiosamente en la oscuridad con su jersey tan mono aún puesto; o tejiendo febrilmente su tela en el terrario detrás de la caja del Mecano. Mientras, escucho la música que vais diciendo por aquí y leo los libros que me aconsejáis.

De modo que he decidido haceros una confesión, y no ha sido fácil. Sobre todo por aquello de que todas las sombras del mundo me protegen, mientras que cada pequeña luz echa sobre mí la miseria del mundo. Pero ya no quiero esta asimetría. He decidido rasgar el velo que nos separa, y pasar del otro lado. Ahora ya lo sabéis todo. O, al menos, que tengo un Mecano.

sábado, 18 de septiembre de 2010

Lope

Ayer cometí la imperdonable imprudencia de concederle una oportunidad más al cine histórico español, y fui a ver Lope, la adaptación libre sobre nuestro Félix de los Ingenios. Calificarla de disparate cinematográfico o de engendro tediosísimo sería hacer justicia a una película que cuenta como gran y probablemente única virtud con mostrar sin tapujos la cantidad heroica de mugre que Alberto Amman puede acumular bajo las uñas.

El resto se reparte entre unas interpretaciones dignas de la obra de fin de curso de cualquier instituto de secundaria (Juan Diego, tú antes molabas); un guión torticero, tontucio y babosillo; unos diálogos insulsos y fofos, cuando no directamente de una cursilería intolerable; una ambientación tan bienintencionada como fallida; y una banda sonora que suena a dejà ecouté. Mal, Mr. Waddington, muy mal.

Si finalmente sale victoriosa de la preselección para los Oscar 2011, tendré otro motivo más para no pasar en vela la noche del domingo último del próximo febrero.

domingo, 12 de septiembre de 2010

Ideas locas

Contemplo, desolado, cómo la mayoría de blogs amistosos que nutren mi Google Reader, van pasando paulatinamente de la carpeta "Personalidades" a "Desechos", cementerio en vías de elefantiasis donde conservo los restos de aquellos blogs que pudieron ser y no fueron, que no debieron irse y sí se fueron. Y derramo abundantes lágrimas, en calidad de animal ungulado.

Mi propósito con este espacio es firme: seguir contra viento y marea, en estos terribles tiempos en que cualquier vil rufián dice "ni" a una pobre anciana, y cualquier red social, por exageradamente concisa y confusa que sea, puede sustituir la gracia andaluza de un blog escrito con sangre, excrecencias y vísceras.

Este curso se avecinan novedades. Por lo pronto, en breve inauguraré una nueva línea editorial y cosmética a la que llamaré "Posts impopulares", donde hallaréis las respuestas a preguntas tales como por qué "Cómo conocía a vuestra madre" me parece una aberratio ictus, qué pienso de los deportes de masas, o cómo hago para mantener todo el año la misma tonalidad cetrina.

Y no será la única novedad. ¿Se habrá acabado por fin la tiranía de los tres párrafos? Stay tuned.

domingo, 5 de septiembre de 2010

Salir de internet

Mi hermano y yo somos hermanos. Salvo por esa insignificancia, nuestras diferencias en lo accidental son tantas como semejanzas en lo esencial. Con tan sólo dos años de diferencia, las divergencias surgieron desde nuestras respectivas tiernas infancias, y mientras yo causaba graves lesiones para la salud física y psíquica de mi profesor de violín, él se convertía en la joven promesa del taekwondo peninsular. Podríamos decir muchas cosas sobre Miguel Juan -al que llamaré así por ser su verdadero nombre- pero nos vamos a conformar con la imagen estereotipada del chico activo, inquieto, nómada y emprendedor.

Así, si bien ambos estudiamos la carrera de Derecho, yo opté pronto por la teoría, y me enfrasqué en la ardua tarea de devanado cerebral en que consiste toda tesis doctoral; Miguel Juan, sin embargo, fiel a su naturaleza ágil y pizpireta, enseguida comenzó a ejercer la abogacía en prestigiosos bufetes de abogados, tarea que compagina hasta el día de hoy con éxito y con prácticamente todas las demás tareas que se pueden llevar a cabo en este mundo, tales como viajar, entrenar para todos los deportes o casarse con mi cuñada.

Su última idea ha sido montar una empresa con algunos colegas. Una empresa que, para ser exactos, te saca de internet en menos que canta un gallo. ¿Han subido a YouTube aquel vídeo en el que aparecías cantando motetes sin licencia? ¿Apareces etiquetado en una foto de Tuenti en cuyos comentarios no hay suficientes faltas de ortografía? ¿Te insultan en un foro por preferir el Batman auténtico de Burton a la patochada de Nolan? ¡Eso ya no volverá a ser un problema! Desde ahora, tu privacidad en internet está tan segura como cubierta la publicidad de mi hermano en este blog.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

De confusiones y confesiones

Cual suerte de Marqués de Bradomín redivivo, no he dejado nunca de considerarme feo, católico y sentimental, y como consecuencia, no hay domingo en que no procure asistir a la Misa correspondiente, camino de la cual los transeúntes se muestran tan molestos por mi aspecto físico como conmovidos por mi hiperestesia. La semana pasada estuve en Oxford, ya sabéis, y me hacía especial ilusión eso de ver cómo era un católico anglosajón, que siempre se me ha antojado tan poco apropiado como un mormón de Nonduermas, famosa pedanía de la Región de Murcia caracterizada por la calidad de sus embutidos.

Pasé, pues, parte del sábado por la tarde de expedición con amigos, y mientras paseábamos, yo me dedicaba a constatar los terribles parecidos entre anglicanismo y catolicismo, que, si bien provechosísimos para el ecumenismo, me fueron terriblemente engorrosos. En efecto, en las iglesias anglicanas hay imágenes, curas, sagrarios, arbotantes y pináculos. Por si fuera poco, no les ponen los nombres que deberían, como San Enrique Octavo o Santa Lady Di, sino que las llaman con nombres del santoral presente -como Pedro, Pablo o María- o futuro -como Kevincostner o Meriyein-.

No albergué apenas dudas cuando di con Saint Mary Magdalene. Un gran cartel anunciaba los horarios de atención pastoral, eucaristías y confesiones. Eso sólo podía ser católico. Debajo, el teléfono móvil del párroco. ¿Para qué correr riesgos cuando podía llamar a las tres de la tarde a un presbítero británico que, tras oír que le llamaba un spanish catholic in trouble, me indicó que él era más anglicano que la copa de un pino y que a doscientas yardas al norte tenía la iglesia de los Black Friars y el Oxford Oratory de Saint Aloysius? Así, el domingo no sólo escuché Misa dominical matutina de 8 en perfecto latín, sino que ahora sé dónde quedan los puntos cardinales y, sobre todo, cómo se camina en yardas.

lunes, 30 de agosto de 2010

A la vuelta de todo

Previo permiso solicitado y concedido a y por las autoridades pertinentes, procedo a la exposición de vivencias, anécdotas y florituras acaecidas en Cambridge y Oxford, cronológica y alfabéticamente hablando.

-El personal de Ryanair, si bien amistoso y cordial en aeropuertos españoles, se muestra hostil y detestable en aeropuertos ingleses. Aquí, ocasionalmente, piden que se introduzca la maleta de mano en un cajoncito simpatiquísimo para constatar que cumple las medidas adecuadas. Allí la perversidad guía sus acciones, y cualquier excusa es buena para cobrar libras a diestro y siniestro. Yo tuve suerte y no me hicieron pasar malos tragos, quizá por el aspecto señorial que me confieren los pantalones vaqueros.

-No voy a hablar de la calidad de la presunta comida inglesa, pero sí de que en aquellos restaurantes tardan en servirte una cantidad desproporcionada de tiempo. Desconozco los motivos, pero, con independencia de lo que se pida, la actitud del comensal ha de ser paciente, comprensiva y de naturaleza armada.

-Como sabéis, ofrecí dos conciertos con mi coro. Uno en la capilla del Sidney Sussex College de Cambridge, y otro en la Christ Church de Oxford. La experiencia fue única, irrepetible e inviolable. Si tenéis oportunidad de cantar allí polifonía española sacra renacentista, no la dejéis escapar. Además, en la Christ Church está la tumba de John Locke.

-Del día 25 al día 29 de agosto de 2010, al menos, en Inglaterra suele hacer frío. Pero frío, frío, de ese que te permite emitir vaporcillo por la boca. Eso no es óbice a que en numerosos locales los aires acondicionados funcionen con muchísima alegría. Así consiguen, entre otras muchas cosas, que el visitante pueda resfriarse y experimentar en su propia garganta el concepto de flema inglesa.

-Me gusta más Cambridge que Oxford. Hay menos garrulos, desde luego, pero además Cambridge es más pequeñito, y lo que pierde en monumentalidad lo gana en ese encanto tan difícil de describir que, por suerte, no puede expresarse con palabras.

-Hice la ruta Tolkien, salvo en lo luctuoso. En efecto, me bebí una pinta de cerveza en The Eagle and Child y visité el Merton College donde don J.R.R. impartió clases. Sin embargo, su tumba pillaba demasiado alejada y la dejé para mejor ocasión, que la habrá. A modo de compensación, me adentré en los terrenos del Magdalene College, donde C.S. Lewis escribía sobre leones, brujas y armarios. Justo después de pasear por el jardín botánico, que tiene unas flores que da gloria verlas de lustrosas y limpias que están.

Por ahora, eso es todo. Habrá más, pero es de noche y tengo que tomarme el melocotón de las diez o será demasiado tarde.

martes, 17 de agosto de 2010

A poco más de una semana

El miércoles que viene, sin ir más lejos, será el día más indicado para emprender la ruta musical británica de Ars Mvsica. Un tour que nos llevará a Cambridge primero y a Oxford después, a ofrecer sendos conciertazos de polifonía renacentista patria. Propósitos:

-Perder algo en el aeropuerto, sufrir una o varias indigestiones, cometer algún hilarante error lingüístico y/o llevarme ropa inadecuada al tiempo atmosférico inglés. Ya me encargaré yo de originar divertidísimas anécdotas en las que todo me sale mal, de esas con las que alimento este blog tan cuco.

- Cantar bien. Creo que allí, además, todo aquel tenor que desafinare, gritare o errare la letra de un motete, será condenado como reo de melofobia a una pena que se situará entre los dos y los cinco años de atenta escucha de los greatest hits de Sergio y Estíbaliz. Dicha pena se impondrá en su mitad superior si concurriere la presencia alevosa de uno o más gallos, o bien se cantare en futuro perfecto de subjuntivo.

-Comprarme algo en un rastrillo benéfico. El año pasado estuve a punto de adquirir una pajarita estupenda, pero la señora que atendía el local no tenía cambio de veinte libras y yo le comenté que volvería más tarde, cosa que hice sin tomar en consideración que a las cinco y diez de la tarde las señoras que atienden los locales ya están cenadas y en camisón.

-Visitar la tumba de Tolkien y beberme, a su salud, una pinta de buena cerveza no demasiado fría y absolutamente desbravada en The Eagle and the Child, el pub donde el genial profesor oxfordiano se reunía con sus coleguis. Puede que, a este respecto, me convenga comprarme en el rastrillo suprascripto una pipa de segunda mano y de primera boca. Qué mejor modo de acabar mi año Tolkien.

-Hacer un buen viaje de vuelta, y asegurarme de que, en caso de accidente aéreo, caigamos sobre una isla con extrañas propiedades que al final no resulte ser lo importante, porque lo importante, qué duda cabe, somos nosotros.