A Toledo, la ciudad que me ha acogido en sus senos generosos durante el pasado puente de la Maculada Constitución, dejándome maltrecho, malherido y malhadado. Ha sido un road-trip lúdico, artístico, litúrgico y gastronómico.
Lúdico, porque se trataba de festejar que José Miguel pronto devendrá padre de familia, y no podrá salir con el grupúsculo de amigos a subir y bajar cuestas toledanas ni pertenecientes a otras ciudades españolas hasta que su hijo alcance la plena capacidad de obrar. Y como las despedidas de soltero vulgares nos resultan vulgares, nos decidimos por un plan tranquilo que nos permitiera emitir leves quejidos de anciano cada vez que nos sentáramos sobre superficies horizontales.
Artístico, porque hemos visto la Catedral, la iglesia de Santo Tomé, de San Juan de los Reyes, de El Salvador, el monasterio de Uclés y hasta el mismísimo Alcázar de Toledo, ubicación del Museo del Ejército y de su exposición sobre guerras, pistolas, uniformes, espadas, cañones y demás parafernalia bélica. Lo mejor, los comentarios de la gente y un traje original de Don José Canalejas que hizo que salivara abundantemente (yo, no Don José). Además, me declaro oficialmente enamorado de "El entierro del Señor de Orgaz", y anhelo la promulgación de una ley que apruebe los matrimonios entre humanos y cuadros de El Greco.
Litúrgico, porque el domingo oímos misa conventual de rito mozárabe a las diez de la mañana. Toda en latín, cantada y pretridentina. Así sí.
Y gastronómico, porque comimos a todas horas alimentos que nos proporcionaban la energía necesaria, que no suficiente, para escalar las calles de Toledo. Para esto último, nada mejor que un buen racimo de croquetas de carne de ciervo para alternar con la ingesta desmesurada de mazapanes.
El próximo post tratará sobre cómo augurar un estado de alarma sin salir de tu municipio.
Lúdico, porque se trataba de festejar que José Miguel pronto devendrá padre de familia, y no podrá salir con el grupúsculo de amigos a subir y bajar cuestas toledanas ni pertenecientes a otras ciudades españolas hasta que su hijo alcance la plena capacidad de obrar. Y como las despedidas de soltero vulgares nos resultan vulgares, nos decidimos por un plan tranquilo que nos permitiera emitir leves quejidos de anciano cada vez que nos sentáramos sobre superficies horizontales.
Artístico, porque hemos visto la Catedral, la iglesia de Santo Tomé, de San Juan de los Reyes, de El Salvador, el monasterio de Uclés y hasta el mismísimo Alcázar de Toledo, ubicación del Museo del Ejército y de su exposición sobre guerras, pistolas, uniformes, espadas, cañones y demás parafernalia bélica. Lo mejor, los comentarios de la gente y un traje original de Don José Canalejas que hizo que salivara abundantemente (yo, no Don José). Además, me declaro oficialmente enamorado de "El entierro del Señor de Orgaz", y anhelo la promulgación de una ley que apruebe los matrimonios entre humanos y cuadros de El Greco.
Litúrgico, porque el domingo oímos misa conventual de rito mozárabe a las diez de la mañana. Toda en latín, cantada y pretridentina. Así sí.
Y gastronómico, porque comimos a todas horas alimentos que nos proporcionaban la energía necesaria, que no suficiente, para escalar las calles de Toledo. Para esto último, nada mejor que un buen racimo de croquetas de carne de ciervo para alternar con la ingesta desmesurada de mazapanes.
El próximo post tratará sobre cómo augurar un estado de alarma sin salir de tu municipio.
