Globalización de primera hora
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Levantarse a las cinco de la mañana porque la habitual horda de mosquitos o su progenie te da la murga más de lo tolerable tiene escasas pero suculentas ventajas.
No sólo es poder asomarte al balcón en pijama de rayas para ver cómo se van recogiendo ciertas especies de ungulados que vuelven de la marcha loca de los sábados.
Además y por encima de todo, es que puedes acercarte al bar de la esquina recién abierto y contemplar un delicioso diálogo entre dos camareras ecuatorianas y un extaxista viudo de noventa años llamado Pepito que piropea a la antigua usanza, que está orgullosísimo de todos sus hijos y que fuma como un carretero.
Y en esas te da pena haber pedido el café con leche fría, porque te hubiera gustado tener la oportunidad de disimular un poco más a base de soplarle a la taza las ganas de quedarte para escuchar el final de la historia, si es que tiene.

