lunes, 12 de febrero de 2007

Confidencias

Esta mañana he tenido que enviar un fax desde una papelería distinta a la habitual. Era la primera vez que entraba, pero estaba ya cansado del señor que atiende la más cercana a mi casa. Con su actitud y su bigote siempre hacía que me sintiera tremendamente culpable y tan en deuda con él que llegué a considerar la posibilidad de donarle varios de los riñones de que dispongo.

Así que hoy he cambiado. Los que mejor me conocen saben que soy reacio ante los cambios, pero una vez más, el cambio, como casi siempre, ha sido a mejor. La señora regente de la nueva papelería, no sólo no tenía bigote, sino que me ha contado con todo lujo de detalles, mientras el fax se resistía a entrar, lo que viene aquí abajo.

Resulta que tiene tres hijas. De la mediana no sé casi nada, pero la mayor tiene veintiocho años y es maestra y el sistema educativo, pues ya me puedo imaginar, ahora que ya no se les puede llamar la atención a los críos, que la tratan de tú, que la empujan... y ella que es una cría sensible y que le gusta lo que hace y que es muy inteligente, aunque quede mal que su madre lo diga, pues llega a casa y a llorar. Que qué me parece. Un disparate.

Pero el que la trae loca, por lo visto, es el pequeño: doce años, mucho más alto que yo (poco meritorio), y ahora le ha dado por ducharse todos los días dos veces; y una cosa es higiene, pero otra malgastar agua con la falta que hace; debe de tener alguna novia o algo, porque media hora todas las mañanas poniéndose la gomina delante del espejo no es normal, que antes no sé yo lo que le costaba a la pobre que el crío se duchara, que iba siempre hecho un marrano.

Mal que os pese a muchos, he dado gracias de vivir en una ciudad así, en la que la gente abre su corazón y te hace su confidente durante el tiempo en que tarda en entrar un fax. Echaba de menos estas cosas, y no he podido evitar la comparación con esas otras ciudades en las que la gente hace esfuerzos por evitar el temible contacto visual.

Quizá exista un término medio y quizá en él se encuentre la virtud, pero os prometo que no vuelvo a pisar la papelería del tío del bigote.

3 comentarios:

emilcar dijo...

Me ENCANTAN los momentos como el que has descrito y son maravillosamente propios de nuestra hermosa ciudad. Me gustan tanto que cuando no suceden yo mismo los provoco ;-)

Ángel dijo...

Lo curioso de esto es que mientras escribía la entrada he pensado en que te gustaría concretamente a ti.

Qué bueno es conocerse... :-)

Francis dijo...

Haces bien en no volver con el tío del bigote :P