Yo, Mime, conmigo
Después del concierto de esta noche en San Javier, el último de la temporada hasta más ver y menos oír, nos hemos ido a cenar a un exquisito tugurio donde se servía solomillo de ternera relleno de foie cubierto de vegetales de diferentes masas mínimas autorizadas.
La cuestión es que, como pasa últimamente desde hace unos quince años, en un momento dado ha surgido el tema de conversación que todos estábamos esperando: las series de dibujos animados de nuestras infancias.
No sé si os pasa a vosotros o soy yo sólo que sufro ataques repentinos de nostalgia efervescente, pero cualquier reunión que mantenga con mis amigos generacionales, por diverso que sea su fin último, acaba con todos tralareando las sintonías de nuestras series, desde Comando G hacia adelante. Los más viejos del lugar incluso nos atrevemos con Candy Candy, pero un poco sólo.
El caso es que hoy hemos sido monotemáticos. Media hora dedicada sola y exclusivamente a los Caballeros del Zodíaco. Entre otras cosas, creo que ha podido influir el hecho de que fueran los únicos dibujos animados con doscientas ocho melodías diferentes, según el estado anímico de Seiya y sus amigos o las coyunturas belicosas en que se vieran envueltos.
Y de repente, cuando menos nos lo esperábamos, cuando ya casi no quedaban tonadillas zodiacales, nos hemos quedado atascados con el Requiem de Mime. Era Mime un Caballero del Reino de Asgard que, pese a no albergar maldad, repartía canela fina al bueno de Andrómedez, por mucho que éste tirase de la cadena. Ni siquiera mi gran amigo Andrés, capaz de emular cualquier sonido por extraño que parezca, recordaba del famoso Requiem.
Al llegar a casa, haciendo un poco de tiempo para que la ingente ingesta bajara del cardias, he encontrado en YouTube el famoso Requiem interpretado por guitarristas en número indefinido, la mayoría de ellos tan diestros con la webcam como siniestros con la guitarra.
Esta entrada carece por completo de interés, pero al menos ahora, como antes, puedo dormir tranquilo.





