Haciendo caso omiso de las recomendaciones del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, desde este verano estoy leyendo todo lo que cae en mis manos sin orden ni concierto. Sólo ahora, cuando el otoño amenaza con sus rigores y las hojas caen a velocidad constante en movimiento perpetuo, alcanzo cierto equilibrio con alguna digresioncilla sin importancia.
De este verano, la autobiografía del Cardenal J.H. Newman (Apologia pro vita sua) me ha parecido tan interesante como, en ocasiones, inaccesible. Cuando nazca en la Inglaterra decimonónica lo releeré a ver si soy capaz de hilar un poco mejor tal mejunje de pensadores y pensamientos anglófilos.
Hanme placido, sin embargo, las Opiniones de un payaso, de H. Böll, en el que el autor se despacha a gusto, a troche y a moche con las hipócritas prácticas de unos señores que usaron del catolicismo para fines no precisamente religiosos en la Alemania postnazi, con una tramilla de fondo sobre la naturaleza de la institución matrimonial que bien vale unas reflexiones que dejo para los blogs serios y venerables.
De La elegancia del erizo, el gran bestseller de doña Muriel Barbery, que en paz descanse cuando le llegue la hora, diré que aguanté exactamente hasta la mitad. No paré de darle oportunidades, pero lo que mal empieza... mal sigue y supongo que peor acaba. Una historia que mezcla contexto vecinal, ataques manoseados a una burguesía caricaturizada, rechazo a valores occidentales y salvación eterna en los orientales, que reciben guiños cómplices de Muriel hasta el colapso de párpado. Todo ello aderezado con la pedantería supina de una escritora que se desdobla en dos protagonistas y nos recuerda todo el tiempo la cantidad de filosofía que aprendió a base de releer varias veces un número de la revista Quo. Eso, la primera mitad, que luego igual mejora.
Ahora, Borges y Tolkien. Del primero, leídos El Aleph y El libro de arena; en proceso de lectura Historia universal de la infamia, Ficciones y Otras inquisiciones. Del segundo, una tercera e ilusionante lectura de El Señor de los Anillos, que leí por última vez hace casi diez años. A ver si encamino mis pasos hacia algún sitio. Los puertos grises no sería mal destino.
De este verano, la autobiografía del Cardenal J.H. Newman (Apologia pro vita sua) me ha parecido tan interesante como, en ocasiones, inaccesible. Cuando nazca en la Inglaterra decimonónica lo releeré a ver si soy capaz de hilar un poco mejor tal mejunje de pensadores y pensamientos anglófilos.
Hanme placido, sin embargo, las Opiniones de un payaso, de H. Böll, en el que el autor se despacha a gusto, a troche y a moche con las hipócritas prácticas de unos señores que usaron del catolicismo para fines no precisamente religiosos en la Alemania postnazi, con una tramilla de fondo sobre la naturaleza de la institución matrimonial que bien vale unas reflexiones que dejo para los blogs serios y venerables.
De La elegancia del erizo, el gran bestseller de doña Muriel Barbery, que en paz descanse cuando le llegue la hora, diré que aguanté exactamente hasta la mitad. No paré de darle oportunidades, pero lo que mal empieza... mal sigue y supongo que peor acaba. Una historia que mezcla contexto vecinal, ataques manoseados a una burguesía caricaturizada, rechazo a valores occidentales y salvación eterna en los orientales, que reciben guiños cómplices de Muriel hasta el colapso de párpado. Todo ello aderezado con la pedantería supina de una escritora que se desdobla en dos protagonistas y nos recuerda todo el tiempo la cantidad de filosofía que aprendió a base de releer varias veces un número de la revista Quo. Eso, la primera mitad, que luego igual mejora.
Ahora, Borges y Tolkien. Del primero, leídos El Aleph y El libro de arena; en proceso de lectura Historia universal de la infamia, Ficciones y Otras inquisiciones. Del segundo, una tercera e ilusionante lectura de El Señor de los Anillos, que leí por última vez hace casi diez años. A ver si encamino mis pasos hacia algún sitio. Los puertos grises no sería mal destino.