---
Estamos a finales de mayo, o a principios de junio. Ya ha caído la noche, pese a que los días empiezan a prolongarse más de lo legalmente establecido. Las altas temperaturas tan propias de Murcia van remitiendo, y el calor, entre húmedo y directamente insoportable, va dejando paso a una brisica agradable cargada de monóxido de carbono.
Entras a la casa y cuando abrazas al Anfitrión, te alcanza ese aroma dulce y ligeramente inciensado que sólo puede percibirse, fuera de grandes catedrales, en las ocasiones especiales. La Anfitriona te recibe con dos besos cariñosos y vuelve a la premura inexcusable que le imponen los últimos retoques de la cena. Saludas al
primogénito, que está dando voces en su habitación delante de la partitura de un motete, y al viceprimogénito, enfrascado en desenmarañar el árbol genealógico de la familia. Vuelves con el primogénito y empiezas a dar voces con él. Se une el perro, que aúlla casi tanto como vosotros.
Al rato, sales al patio interior. Un patio interior en pleno centro de Murcia. Te da pena no entender nada de botánica para no poder describir algún día el panorama que se presenta ante tus ojos con el grado de detalle que se merecería. Porque el patio es obra de los Anfitriones, y los Anfitriones ponen en todo lo que hacen el cariño de todo lo que aman.
Empiezas a picotear algunos aperitivos mientras van llegando los demás invitados. El Anfitrión propone algo de Mozart para empezar, y a ti te parece bien. Cuando lleguen los detractores será demasiado tarde, y por ahora el único que podría poner objeciones sigue dando voces en su habitación.
Cuando ya estáis todos, comienza un ritual que, como todo allí, adquiere un cariz casi litúrgico. El Anfitrión empieza a encender las velas que hay dispuestas por todo el patio. Te gusta la luz de las velas. Parecen dar aún más vida al patio. Lo
animan. Dos o tres, a la distancia justa, desprenden una fragancia a incienso que se mezcla con la de los manjares que empiezan a salir de la cocina.
La cena transcurre rápida, deslizándose entre música, risas y anécdotas muchas veces referidas a un tiempo que te hubiera gustado habitar. Los efectos del vino que has llevado como detalle desproporcionado empiezan a hacer efecto entre algunos, que dan cabezadas al soniquete del repiqueteo del agua que borbotea en la fuente del patio.
Después de la cena, cuando has acabado de ayudar a quitar la mesa entre más risas, pasáis dentro, porque raya la madrugada y empieza a refrescar. Allí os dan las doce y la una, y las dos, y las tres, y sorprendéis a la luna desnuda y envidiosa de esos Anfitriones y esos invitados, que siguen con las risas y las anécdotas, la mistela, las copas y los vinilos de ópera, hasta que el sueño los separe.
Y llegas a casa, con sensación de plenitud, cargado con una deuda que te gustaría poder saldar algún día. Y en casa piensas que tu blog quizá pueda servir, pero lo vas dejando, te dan las uvas, y tres días después escribes esto. Y mientras escribes, te tiembla el pulso. Pero no sólo es el pulso. También te tiembla el corazón, porque con él estás escribiendo.
---