Sobre sobrecogimientos
La tarde de ayer fue especial. Tanto, que voy a contaros lo que hice, como todos esos bloggers coherentes con la auténtica finalidad de sus respectivos blogs.
En realidad, la cosa comenzó a las ocho y media. Un concierto del Ensemble Gilles Binchois, con las Lecciones de Tiniebas de Couperin, en la iglesia de San Juan de Dios. Llevaba por nombre "Tenebrae". Nunca mejor puesto, y nunca en mejor sitio. La pequeña planta ovalada de San Juan estaba tan sólo iluminada por once velas y dos focos indirectos de luz tenuísima en la parte de detrás. Dos sopranos ataviadas con ropajes negros, amplios, y acompañadas tan sólo de un órgano y una viola da gamba cantaron con patetismo esas peculiares lamentaciones de Jeremías que descubrí hace ahora ocho años, gracias a "Todas las mañanas del mundo".
Dos horas más tarde proyectaban en la Filmoteca "El gran silencio", la película-documental sobre la vida cotidiana de la comunidad monástica de la Gran Cartuja de Grenoble. Casi tres horas de silencio místico, atronador, prácticamente absoluto. Casi tres horas contemplando -con perdón-, la cotidianeidad de esos monjes, sus miradas tan blancas como sus hábitos, su lentitud templada y ceremonial... lo inefable, para qué seguir (quizá por eso guarden silencio; quizá comprendieron que las palabras no eran suficientes, o simplemente no existían, si se trataba de Dios).
En la sala, el público enmudeció antes de lo que preveía. Yo, cuando me adecué al ritmo de la película, me descubrí en mi día a día, inmerso en ruido y ruidos, sumergido en un estruendo arrítmico del que no quiero, o no puedo, o no debo, sustraerme. Y sentí la envidia más extraña de mi vida. Y una admiración absoluta. Y gratitud, porque sé que esos hombres, de alguna manera, cuidan de todos nosotros.



